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ETAPAS Y ALBERGUES |
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La
tarde es polvo de ceniza y sol de plomo; la tierra, una ancha playa sin océano;
no hay ramaje clemente que arroje una sombra protectora; todo el paisaje es una
palma implorante a unas nubes desdeñosas. El peregrino ha remontado un cárdeno
alcor y contempla la ascética llanura. En la raya misma del horizonte se
aprietan unas humildes casas de adobe y de ladrillo, aplastadas por un cielo de
insondables azules. El caminante- mochila a la espalda, cayado y sombrero con la
vieira de Santiago- seca el río de su frente y sonríe satisfecho, barruntando
el final de la jornada.
Paso a paso, sobre el aprisco de casitas pardas ve erigirse el perfil de
una iglesia sobre un montículo pedregoso. A la distancia parece un gigantesco
caracol con cuernos de espadaña y una cruz por veleta, y no duda en dirigirse
hacia ella, seguro de encontrar allí quien le dé señas del albergue para
peregrinos.
Bajo el pórtico del templo encuentra a un hombre y a una mujer, sentados
como figuras románicas en el canto de piedra. Él tiene el porte de un viejo
hidalgo y ella exhibe una frágil belleza alabastrina de mirada lánguida. Salta
a la vista que el hombre la dobla en edad. Pero lo que más curiosidad despierta
al peregrino son sus anticuados ropajes, negros y aterciopelados, como de una añeja
estampa de museo. -Díganme,
sin son tan amables -pregunta el viajero, tomando asiento a los pies del viejo
calvario berroqueño-: ¿es éste el pueblo de Gotarrendura? -Gotarrendura
es, sí señor -responde el hombre vestido de negro-. El pueblo de La
Santa. La
voz del aldeano suena con rústica melodía y un vago eco de otros tiempos. Por
su parte, la mujer cierra el santoral de pastas desgastadas que estaba hojeando
y escruta el aspecto cansado del caminante: -Trae
usted pinta de venir de lejos…-apunta la mujer. Nada
menos que desde Cartagena -contesta el peregrino. Tras muchas horas de soledad
siente deseos de hablar, y vierte su más sentida confidencia-: Estoy cumpliendo
la promesa que le hice a mi esposa de hacer con ella el Camino de Santiago. La
mujer pone cara de extrañeza: -¿Y
cómo no viene con usted? -Sí
que viene -contesta con pesadumbre el peregrino, y a continuación extrae una
urna cilíndrica de su macuto-. Aquí traigo sus cenizas. Un cáncer se adelantó
a sus deseos de hacer el Camino de Santiago…Pero yo, que nunca le negué ningún
deseo en vida, cumpliré su voluntad aún después de muerta. El
peregrino sigue contándoles que se llama Diego Mejía, que se gana la vida de
profesor y que su esposa era lo que más quería en este mundo. Los
lugareños se agarran de la mano, conmovidos, al observar cómo al profesor se
le desborda una sentida lágrima por la mejilla. Mi
nombre es Alonso; y el de mi mujer, Beatriz –dice el lugareño,
correspondiendo a la presentación del peregrino-, y vivimos entregados a esta
tierra desde hace muchos, muchos años. Cada cosecha es un triunfo del trabajo y
el sudor sobre una tierra que no es suave ni fácil, ¿sabe usted? -Si
no le he oído mal –interviene el peregrino-, ¿ha dicho que en este pueblo
nació “La Santa “? -Sí,
¿no lo sabe usted? En Gotarrendura nació Santa Teresa y aún se conserva el
palomar de su casa natal. La tradición cuenta que las columnas del pórtico y
las piedras de esta iglesia proceden de las dos moradas que componían aquella
propiedad. El
peregrino, al oír aquello, siente un hondo estremecimiento. -¿Saben
ustedes?..., mi mujer se llamaba Teresa… El
recuerdo de la fallecida se instala entre los contertulios, y todos permanecen
sumidos en un silencio acongojado. Una brisa suave pasa rozándoles como la
caricia de un ángel. El
caminante de Santiago alza sus ojos arrasados en lágrimas y mira con ternura el
sencillo perfil de aquel pueblo meseteño. Ciertamente, ninguna cuna mejor, por
austera y humilde, para la Reformadora de los Descalzos. ¡Cómo le hubiera
gustado a su mujer conocerlo! -Ustedes
afirman que aquí nació Santa Teresa, y sin embargo, yo tengo entendido que
nació en Ávila- comenta el peregrino haciendo cuenta de lo que tiene leído. -En
Gotarrendura nació, señor peregrino -asegura rotundamente el aldeano-: Pero en
esto, como en todo, importa más quien se lleva la razón que quien la tiene. -Cuénteme
algo más de su pueblo… El
hidalgo toma aire con manifiesta satisfacción antes de proseguir: -Como
ve, es un pueblo pequeño, de apenas doscientos habitantes, pero muy
emprendedor, no se crea usted. Nuestro mayor orgullo es ser la cuna de Santa
Teresa. En lo que llamamos la “cerca del Palacio” -enfatiza el hidalgo-
estuvo la hacienda de los padres de Santa Teresa, que aquí se casaron; aquí
nacieron sus hermanos y aquí también murió la madre de la Santa, que tenía
un elevado patrimonio en esta aldea. A la familia le gustaba pasar en
Gotarrendura las temporadas de invierno, huyendo de frío intenso de Ávila.
Seguro que de niña, Santa Teresa correteó saltando charcos por estas calles
embarradas y a menudo cubiertas de nieve… La Santa heredó el palomar junto
con la finca por expreso deseo de su madre, y era tanta su afición por él, que
llamaba a sus conventos “palomarcicos” y a sus monjas “palomas”. Nunca
se olvidaba de él en sus cartas, y a veces pedía al rentero que le envira
algunos palominos para aliviar el hambre de sus hermanas carmelitas. Al
peregrino le produce ternura el modo entusiasta con que el aldeano se emplea en
hacer patria chica, y, embebido en su conversación, olvida que ya es muy tarde.
La noche extiende su manto sobre los pardos tejados cuando Diego les hacer saber
a Alonso y a su mujer que debe buscar alojamiento en el albergue. -¿No
quiere visitar antes el Palomar de Santa Teresa?- pregunta animosa la mujer. El
peregrino, contra toda razón, responde decidido: -¡Me
encantaría ¡ Alonso
y Beatriz acompañan al caminante por las solitarias calles en cuesta hasta dar
con unas puertas carreteras de color verde. Sorprendentemente se hallan
entornadas y pueden acceder a un amplio solar cercado por tapias de adobe. Bajo
la sombra severa de unos vetustos cipreses, la estatua de Santa Teresa mira al
cielo con éxtasis. A Diego le maravilla el parecido que la talla tiene con su
difunta mujer. Luego recorren un caminillo de arena despeinada hasta la tapia
encalada del palomar. Al peregrino le conmueve el interior de adobe, repleto de
pequeños nichos, donde la oscuridad se adensa de silencio. El tiempo parece
detenido como en un santuario. Y en medio de aquella atmósfera serena Diego
tiene un presentimiento. -Sí,
mi amor -murmura quedamente como si pronunciara una plegaria-, aquí descansarás
para siempre. Simultáneamente,
saca la urna de la mochila y comienza a esparcir las cenizas de su esposa, puñado
a puñado, entre los nidales semicirculares de las palomas. Cuando
concluye de esparcir el último puñado, el peregrino siente que, desde un más
allá inalcanzable, su Teresa le sonríe. Se sabe cumplidor de la voluntad de su
querida esposa y le invade por ello una intensa sensación de felicidad. Quiere
compartir este sentimiento con sus amigos Alonso y Beatriz, y les busca con la
mirada, pero no les encuentra. Supone que han querido dejarle a solas en un
momento tan íntimo y sagrado para él. Sin
embargo, tampoco les halla al pisar la calle. Es muy extraño. Se asoma al
recodo de la esquina y no los ve; luego vuelve sobre sus pasos y los busca
camino de las afueras. Tampoco allí encuentra rastro de la singular pareja. La
noche llena el pueblo de sombras, combatidas aquí y allá por el tenue
alumbrado de unos postes. Ni un alma se ve ni se escucha otro murmullo que el de
algún ladrido en las eras lejanas. De pronto, el peregrino ve a una sombra que
cruza la empinada calle, y se encamina hacia ella. Es un hombre mayor que
acarrea encorvado una bicicleta destartalada. -¿Puede
decirme dónde se encuentra el albergue de peregrinos?- le pregunta. -Se
utiliza como albergue el Ayuntamiento –responde el viejo-, que está ahí
mismo, en la plaza. El alguacil le dará la llave. El
hombre de la bicicleta se dispone a proseguir su camino cuando la voz del
peregrino le detiene de nuevo: -Quisiera
preguntarle otra cosa, si no tiene inconveniente. -Usted
dirá. -¿Dónde
podría encontrar a un matrimonio del pueblo que se llaman Alonso y Beatriz? -¿Alonso
y Beatriz? –repite el anciano rascándose la nuca- En este pueblo no hay nadie
que se llame así. -¿Está
seguro? -¡Y
tanto! En el pueblo nos conocemos todos. El
peregrino le da las gracias y echa a andar cabizbajo, camino del albergue. Su
cabeza hierve de pensamientos confusos. De Pronto, oye a su espalda de nuevo la
voz recia del aldeano: -…
A no ser que se refiera usted a don Alonso de Cepeda y doña Beatriz de Ahumada. -No
comprendo… -Ya
sabe –dice el de la bicicleta con un amago de sonrisa taimada-… Los padres
de la Santa. Por cierto, que hoy hace quinientos años justos que se celebraron
sus bodas en este pueblo. El
peregrino siente un estremecimiento. Sus piernas se debilitan y busca asiento en
el brocal de una fuente cercana desde donde una escultura de la Santa Andariega
se perfila bajo el inabarcable cielo estrellado. No comprende nada…, o acaso
empieza a comprenderlo todo. Cierra los ojos y, en medio de la oscuridad
interior, ve surgir un resplandor que ilumina su alma de algo parecido a una
revelación. Cuando
al día siguiente reemprende el camino, vuelve la vista atrás, hacia aquel
humilde caserío y a sus labios acuden unas palabras con susurro de oración: -Gotarrendura… Teresa…
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